Él giró la esquina... escuchaba una canción de Serrat que decía algo de eso, y pensó que realmente le podía pasar a él, que de repente podía encontrar allí a la mujer de sus sueños. Pero no. Lo único que encontró al doblar la esquina fue un chucho meandose en la rueda de su coche. Fue corriendo a aullentarlo. No es que su coche fuera una maravilla, un Polo, pero bastate viejo, diez años ya, de color verde. Era un coche que le encantaba a su antigua novia. Y por eso lo compró. Pero ella lo abandonó a las dos semanas de comprarselo. Nunca había tenido demasiada suerte con las chicas. Y con esta había durado bastante, seis meses, todo un récord para él. Todas las mujeres de su vida lo habían abandonada a los tres meses más o menos. Bueno, todas las mujeres, las dos anteriores que habían entrado en su vida. Abrió la puerta. Puso recto el retrovisor. Entró en el coche y metió la llave de contacto. Se encendió la radio. Y se quedó pensando. Treinta años recien cumplidos. Toda su vida había perseguido algo que no había logrado. O sí lo había hecho, después de todo, era un buen donnadie en la empresa publicitaria en la que trabajaba. Y las mujeres, ¿qué decir de ese tema? No había conocido aún lo que era realmente el amor y ya había gastado tres décadas de vida.
Quizá fuera el momento de hacer algo realmente diferente. Pero, ¿se atrevería? Arrancó el coche y empezó a circular...
En clase… escribir o sucumbir.
Hace 12 años
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